El apóstrofe es una figura literaria retórica que consiste en interrumpir un discurso o narración para dirigirse, de forma vehemente y con un vocativo, a una segunda persona, ser u objeto personificado que puede estar presente, ausente, vivo o muerto. Es, en esencia, una invocación o interpelación en segunda persona que puede manifestarse con emoción en obras poéticas, narrativas o incluso en la oratoria.
Características principales:
Interrupción del discurso:
Se produce una interrupción en la exposición o narración principal para enfocar la atención en un interlocutor.
Interpelación vehemente:
La figura se caracteriza por la fuerza y la emoción en la forma de dirigirse a la persona o cosa.
Dirigido a segunda persona:
El hablante se dirige a un "tú" o "vosotros", ya sea una persona, un ser abstracto, un objeto personificado, o incluso a sí mismo.
Presencia o ausencia:
El receptor de la interpelación no tiene por qué estar físicamente presente; puede ser alguien fallecido o un objeto al que se da vida.
Uso literario:
Es común en la poesía, el teatro y la oratoria para generar impacto afectivo en el oyente o lector.
Ejemplos:
En la poesía:
En los versos "¡A ti te canto, valle umbroso!", el poeta se dirige al valle, que es un objeto inanimado personificado.
En la literatura clásica:
La famosa invocación a la Musa al inicio de la Odisea es un ejemplo antiguo de apóstrofe: "Canta en mí, Musa, y a través de mí cuenta la historia".
En el teatro:
El monólogo de Segismundo en La vida es sueño, donde se dirige a sus encadenadores: "¿Qué delito cometí / contra vosotros naciendo?".
Diferencia con otras figuras:
Aunque el apóstrofe a menudo implica una invocación, se distingue por su tono vehemente y la interrupción del discurso, a diferencia de la invocación en general que puede ser más solemne y formulada al inicio de una obra para pedir una guía inspiradora.